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Cuidar de las cuidadoras

Son tiempos difíciles, tiempos de solidaridad y empatía para con las otras. En esta época de cuarentena hemos podido darnos cuenta cuán importante es la labor de otras personas para la vida diaria. No hablamos únicamente de las médicas y médicos que arriesgan su salud poniendo el cuerpo en la línea de fuego de la enfermedad, ni de las y los trabajadores de servicios básicos que no pueden quedarse en casa pese al mandato social (recolectores de basura, cajerxs en el supermercado, comerciantes que ponen alimentos en nuestras mesas, personal de limpieza de los centros de salud y demás), personas cuya invaluable labor se ve reflejada hoy más que nunca en tiempos de crisis. Pero no, hoy queremos hablar de quienes cuidan, sobre todo de quienes atienden la salud mental y emocional y quienes vigilan que no se violen nuestros derechos humanos, los derechos de las mujeres.

Quizá en esta crisis no hemos volteado a verles con suficiente atención, pero ¿quién cuida de quienes nos cuidan? Nos referimos a esas activistas, defensoras de derechos humanos de las mujeres que a través de diferentes trincheras y quehaceres están el pie del cañón en defensa de derechos.
Y es que encontramos una variedad de ocupaciones en donde se encuentran estas defensoras, organizaciones de la Sociedad civil, colectivas feministas, instituciones públicas, consultorios privados, diferentes espacios que albergan distintas profesiones con un objetivo común: cuidar de las mujeres.
En esta cuerentena hemos escuchado en diferentes espacios que la violencia contra las mujeres se recrudece por el confinamiento y el tiempo que tienen que pasar con sus agresores en casa, agresores que pertenecen a su núcleo familiar, hombres que antes juraron amarlas y protegerlas, hoy son sus verdugos.


Y ahí están esas mujeres tratando de brindar una oportunidad para salir de esa espiral de violencia, tendiendo la mano como único bastión para escapar de la violencia misógina. Las estadísticas nos hablan de cómo aumenta el número de mujeres que viven violencia, pero no nos hablan de cómo esas mujeres son apoyadas por otras, por las defensoras.


A lo sumo alguien hablará de las instituciones gubernamentales haciendo su trabajo, pero nadie habla de las de a pie, de las activistas, de las feministas que algunas veces,  engrosan esas filas de instituciones públicas al cuidado de las otras. Y al final nadie se pregunta ¿quién cuida de quienes cuidan? ¿Qué mecanismos hay para protegerles? ¿Qué garantías tienen de que ellas estarán bien, de que no se verán afectadas con esta contingencia? ¿Quién se pregunta si esas mujeres tienen un salario digno, si tienen recursos para sobrevivir, si sus organizaciones tienen para solventar los gastos? ¿Quién sabe si los ambientes laborales son dignos? ¿Alcanza para vivir siendo defensora de derechos humanos?


Y es que, como todo lo marcado por el género, esas preguntas no se hacen porque se resuelve que no tienen importancia, porque cuidar de quienes nos cuidan, no resulta indispensable, lo único que se necesita es su mano de obra y su fuerza de trabajo para engrosar las filas de estadísticas positivas frente a las olas de violencia machista que no dejan de azotarnos, pero de ellas, de nosotras nadie cuida, pues se espera que siempre estemos ahí, que seamos invencibles, que tengamos siempre la camiseta puesta y estemos dispuestas a cualquier hora a salvar a las otras, obviando que somos humanas y que, algún día, habremos también de parar.

Si no cuidamos de las defensoras, mañana nadie cuidará de nadie.

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